Si hay algo que me llama mucho la atención de los lugares, como mi pueblo, que tienen un patrimonio histórico inigualable, es que se intenta vivir del pasado, vivir únicamente del patrimonio.

El modelo, desde luego, atrae. La única inversión que hay que hacer es en restauración: las piedras acaban deteriorándose con el paso del tiempo (no hay más que ver la muralla trujillana, como perdió algunos tramos gracias a las lluvias del año pasado). Y ya está.

Pero jamás debemos olvidar que las piedras jamás dejan de ser piedras. Las piedras no están vivas, las piedras no dan vida a un pueblo y en ningún momento pueden ser sustento. La vida de un pueblo la dan sus habitantes. Y, en el momento en el que se anteponen las piedras a los habitantes, el pueblo empieza a perder su activo más preciado. Hay que buscar un equilibrio, desde luego.