Es muy curioso cómo, por ejemplo, cuando contamos a alguien que hemos pasado esa noche programando una nueva funcionalidad en alguna aplicación, otros podrían quedarse extrañados, asombrados o mirarnos como si estuviéramos locos. Sin embargo un programador comprendería exactamente por qué y, de hecho, probablemente haya hecho lo mismo. Porque para muchos programadores (por lo menos para los vocacionales), programar es un estilo de vida, no es únicamente un trabajo en el que estás un cierto tiempo, haces un turno, te vas y te olvidas. Y es quizá una de las mejores cosas que encuentro a esta profesión.